"No se si exista un siempre, pero si existe y llega, espero que nos encuentre juntos"
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miércoles, 13 de agosto de 2008

Reescribiendome 13 (Final)





Andrea y Ricardo volvieron a la Ciudad de México, Ricardo continuó como profesor de Andrea, y ella como su alumna dentro del salón de clases, fuera de él eran una pareja que gozaba de su relación. A partir de aquel beso inició su historia romántica, la cual, dado quien era cada uno fue noticia en los círculos sociales tanto en el país como en el extranjero, gracias a lo que Mariana pudo enterarse de cada detalle tanto del noviazgo, como del compromiso matrimonial y de la fecha y lugar de la boda.

Mariana se sentía contenta por el hecho de que Ricardo fuera feliz, pero al mismo tiempo triste, no por haber perdido a Ricardo, sino quizá por nunca haber aprendido a amar, lo que en ese momento le mantenía sola, con mucho éxito profesional pero sin un alguien para compartirlo y con tantas ganas de poder refugiarse en los brazos de alguien, a quien en ese instante deseo ponerle el rostro de Ricardo. Decidió tomarse un par de días libres, viajó a México, con la firme intención de asistir a la boda religiosa de Ricardo y poder desearle a él y a su esposa felicidad. En el vuelo hacia la Ciudad de México, Mariana comprendió que podía asistir a la ceremonia religiosa, pero que ni ella estaba preparada para enfrentar a Ricardo, ni él se merecía, en caso de no estar preparado, el verla en ese día en especial. Mariana llegó a su hotel en la Ciudad de México, se vistió con vestido negro, se arregló y se dirigió al templo de San Agustín en Polanco. Entró, se persignó y se sentó en una de las bancas de la parte trasera, junto a una mujer que también vestía de negro como ella, desde donde podía observar la ceremonia, que ya había empezado al momento de su llegada. Mariana observó detenidamente a Andrea y se convenció de que Andrea jamás sería capaz de lastimar a Ricardo como ella se había atrevido a hacerlo al abandonarlo. Los ojos se le inundaron de lágrimas al comprender que no había sabido valorar a aquel hombre.

- Los declaro Marido y Mujer… Puede besar a la Novia

Ante aquellas últimas palabras pronunciadas por el párroco, Ricardo besó a Andrea; las risas, los aplausos y los abrazos no se hicieron esperar. Mariana agachó la mirada y murmuró “Se casa el hombre que más amé”. Ante tal sentencia, la mujer que se encontraba sentada a su lado, volteó hacia ella, sorprendiéndole al notar que era ella misma, era también Mariana, sólo que sin ese brillo de tristeza y miedo en la mirada, y con la mas franca sonrisa le dijo “Y que tarde nos dimos cuenta ¿no?” Mariana no pudo más que romperse en llanto lamentando su triste fortuna, mientras que Andrea, Ricardo y todos los invitados abandonaban el templo, dejándola profundamente sola.

Fin

Reescribiendome 12


Andrea estaba muy emocionada, no quería dormirse, deseaba prolongar lo más posible aquella noche y revivir mil y un veces más toda aquella velada: las palabras, las sonrisas, el sonrojamiento de Ricardo ante su sutil coquetería. Pensó en marcarle, pero se arrepintió, no quería darle una muestra tan obvia de cuanto le gustaba. Ricardo por su parte, tampoco podía dormir, se puso a recordar los momentos con las dos mujeres que en ese momento llenaban sus pensamientos: el fin de semana con Mariana, el vuelo a Nueva York a lado de Andrea, el intento de cena con Mariana, la noticia de su traslado, su fundada molestia, su regreso al hotel, la voz de Andrea llamándole, la imagen que pudo ver por el rabillo del ojo de Mariana al abrirse las puertas del ascensor y que desaparecía segundos antes de que él se volteara para encontrarse con Andrea. “¿Será posible que la alucinación que mi soledad y mi tristeza crearon de Mariana aquel fin de semana, sea tan igual y tan distinta a ella?, ¿será que mientras que la amé nunca acepté del todo quien era?, ¿me habrá aceptado ella a mí?, ¿aceptaré a Andrea o llegaré a alucinarla diferente?” tantos pensamientos, tantas preguntas sin respuesta acabaron por derribarle en la cama en donde durmió soñando con sus dos mujeres.

A la mañana siguiente Andrea se despertó pasadas las diez de la mañana. Aprovecho para desayunar con sus padres, para después pasar toda la mañana de compras, intentando encontrar un conjunto para su cita de esa tarde con Ricardo. Tras visitar varias tiendas, se decidió por un vestido rojo, muy clásico en el corte, una bolsa negra y unas zapatillas del mismo color, lo que la hacía ver mayor. Esa era su intención, poder demostrarle a Ricardo que ella no era ya una niña, y que podía comportarse como una mujer como aquella que ella pensaba que él deseaba. Tras llegar a su hotel y cambiarse de ropa, Andrea abordó el auto que la llevaría hasta el hotel de Ricardo.

Como era normal en Ricardo, se despertó a las 5 de la mañana, fue al gimnasio del hotel, luego de la caminadora, aprovechó para pasar un rato en el vapor, después un buen baño. Ya vestido y arreglado se sentó por varios minutos enfrente de su computadora y revisó los puntos a tratar en las reuniones de aquel día. La operación que estaba asesorando era sumamente delicada. La mañana fue agitada y agotadora, pero eran precisamente esa clase de asuntos por los que Ricardo había decidido volverse abogado corporativo. Al finalizar la última reunión, regresó a su hotel en donde se dio otro buen regaderazo, y decidió vestirse aquella tarde un poco informal. Pensó para sí “Andrea es muy joven, y no puedo salir vestido tan formal, yo la aceptó a ella como es, tan sólo espero que ella llegue a aceptarme”, antes de decidir vestirse con unos caquis, unos mocasines informales, cinturón tejido en color azul marino, camisa blanca de lino y blazer azul. Salió entusiasmado de su habitación, como un colegial, abordó el elevador, y bajo hasta el lobby para encontrarse con Andrea. Al abrirse las puertas del ascensor Ricardo tuvo frente a sí a una Andrea, con un look que parecía sacado de alguna película de Audrey Hepburn; y Andrea tenía enfrente a un Ricardo que lucía muy atractivo pero con un aire demasiado informal y casual para la personalidad que Ricardo siempre trataba de mostrar.. Ambos rieron al ver que cada uno, a su propia manera y circunstancia, había tratado de vestirse de forma que encantara al otro, rompiendo incluso con sus propias personalidades.

- Te ves bellísima Andrea
- Gracias, tú luces por demás atractivo
- Gracias, aun que siento que te ves muy formal para tu estilo
- Ja ja ja Lo mismo iba a decir respecto a ti
- Disculpa, intenté vestirme un poco menos formal
- Disculpa aceptada, yo traté de vestirme más a lo que pensé que te gustaría a ti en una mujer…
- Te lo agradezco infinitamente, aun que tú, con tu estilo, me gustas mucho. Además que así me haces sentir mucho más grande de lo que soy. Ese estilo estaría bien para mi madre, es muy Breakfast at Tiffanys…
- Ay, discúlpame Ricardo, pero como las películas de las que hablas son de esa época, preferí pensar que eres contemporáneo de mi papá, pero bien cuidado, a pensar que eres doce años mayor que yo pero más…
- ¿Estás insinuando que estoy acabado?
- No acabado, tan sólo que tal vez has recibido poco mantenimiento jiji

Las bromas y las risas siguieron hasta llegar a aquel pequeño restaurante en donde comieron pasta, ensalada y vino tinto, al son de las guitarras que sonaban en aquel lugar, creando de ese momento el ideal para que naciera en los labios de ella el beso con el que los labios de él volvieron a vivir.

lunes, 11 de agosto de 2008

Reescribiendome 11



- Ricardo… ¿Ricardo?

Al de nuevo escuchar su nombre, Ricardo volvió en sí, volteó y vio a Andrea quien lucía espectacular, como una de esas actrices famosas, o de esas personalidades del Jet Set que aparecen en las revistas de sociales.

- Andrea, disculpa no te escuché, estaba pensando en otras cosas. ¿Qué haces aquí?
- Linda forma de saludar licenciado. Vine para que fuéramos a cenar… ¿Te acuerdas?
- Ah sí claro, a cenar.

Tras la escena con Mariana en el restaurante, francamente Ricardo no tenía ganas de estar en ese momento solo; así que aceptó la invitación de Andrea y fueron a cenar, para después ir a un bar a escuchar un poco de jazz en vivo. Durante aquella velada, de nuevo, Ricardo se sintió a tal grado cómodo que el coraje en contra de Mariana, incluso el brillo triste en su mirada lo había olvidado. Ricardo acompañó a Andrea hasta su hotel y después volvió al suyo, llegó a su habitación y justo estaba a punto de apagar la luz cuando sonó el teléfono:

- ¿Llegaste bien Ricardo?
- Andrea, sí, llegué bien. Gracias.
- No, ni lo menciones, sólo quería saber que habías llegado bien. Gracias a ti, la pasé muy bien, y wow me asombraste, no sabía que tocaras el saxofón tan bien, eso de aventarte el palomazo, me dejaste sin aliento…
- Gracias a ti Andrea, en verdad que Nueva York tiene otro color después de esta noche…

Conversaron por breves minutos. Andrea apuró a cortar la llamada, sabía perfectamente que Ricardo tenía al día siguiente, mejor dicho en pocas horas, muchos asuntos que atender, y ella tenía miedo de enamorarse más de él. Antes de colgar Ricardo alcanzo a decir:

- Andrea, mañana tengo unas reuniones en la mañana, pero no sé si aceptarías comer conmigo después. Quizá como a las 5 o 6.
- ¡¡¡Claro que sí Ricardo!!! Será un gusto. ¿Te parece si te veo en el lobby de tu hotel alrededor de las 6?
- Me parece perfecto Andrea. Bueno, descansa, nos vemos mañana.

Reescribiendome 10



Durante todo el vuelo a lado de Andrea, Ricardo en ningún momento se acordó de Mariana, ni del fin de semana que acababa de pasar a lado de ella. Sería hasta llegar a su hotel, verse de nuevo solo en su habitación, cuando comenzó a extrañarla. En el teléfono encima del buró una luz parpadeaba intermitentemente, indicando la presencia de un mensaje. Ricardo descolgó el auricular y escuchó atento el mensaje, era de Mariana:

- “Ricardo, escuché tu mensaje, tu secretaria me dijo el hotel. Estoy en Nueva York, nos vemos para cenar donde siempre? Ahí te espero a las 8”

Ricardo se emocionó profundamente, Mariana había escuchado su mensaje y había decidido lanzarse a encontrarse con él. No demoró en arreglarse y en salir para cenar con ella.

Mariana ya se encontraba sentada en la mesa de siempre en aquel restaurante, al ver a Ricardo, sonrió, igual que hizo él; se encontraron, se abrazaron, Mariana le dio entonces un beso en la mejilla y Ricardo se lo contestó.

- Mariana, ¡qué gusto verte aquí!
- Sí, en verdad es que me parece increíble volvernos a ver en este lugar. Hace mucho ya que venimos a Nueva York.
- En verdad mucho tiempo.

Ricardo se encontraba maravillado ante lo que Mariana había acabado de hacer, seguirle en una locura, como es viajar hasta Nueva York, escapándose de la realidad, de las responsabilidades y del trabajo, algo que no era muy usual ni en ella ni en él. Sin embargo Ricardo no estaba del todo cómodo, algo en la actitud de Mariana, en su tono de voz, parecía ser distinto, sino es que había vuelto a ser el mismo de la Mariana que siempre había conocido. El brillo de tristeza y miedo estaba de nuevo presente en su mirada.

- Oye Mariana, y de verdad ¿no crees tener problemas en tu trabajo por ausentarte estos días?
- No Ricardo, para nada. Verás, me acaban de trasladar a nuestras oficinas acá en Nueva York. Por eso me sorprendió tanto tu llamada y la propuesta de vernos aquí en Nueva York, es una de esas enormes coincidencias. No sabes lo feliz que me hizo escuchar tu mensaje…

No era posible. Ricardo no lo entendía ¿Cómo era posible que Mariana pasara un fin de semana a su lado, el más maravilloso en la vida de ambos, y en ningún momento hubiera tenido la cortesía, la educación, de comentarle sus planes de irse a vivir a otro lado? Ricardo se sintió profundamente indignado y molestó y no pudo, no quiso tratar de disimularlo:

- No es posible eso que me dices. ¿Te trasladaron a las oficinas de Nueva York? Y ¿Cuándo te enteraste?... ¿Hoy?
- No sé qué te pasa. No, me enteré hace más de dos meses…
- Y ¿no se te ocurrió decírmelo antes?
- Ricardo, ¿qué tienes?, no entiendo porque de pronto te pones tan molesto, yo…
- Tú, tú, siempre lo que más te ha importado eres Tú. Eres la persona más egoísta que he conocido en mi vida, y la más cruel.
- Ricardo, ¿de qué estás hablando?...

Sin decir ninguna otra palabra Ricardo se puso de pie, saco de su billetera un par de billetes de cien dólares y sin ver siquiera a Mariana, salió de aquel restaurante, abandonando a aquella mujer derramando lágrimas sobre el mantel.
Con lágrimas contenidas en los ojos y con muchas preguntas sin respuesta, Ricardo entró a la recepción de su hotel. Llegó hasta la puerta de los elevadores, y esperó a que se abrieran las puertas para subir a descansar a su habitación y tratar de entender lo que había ocurrido. Se encontraba esperando el elevador, un timbre y una luz le indicó cual sería, se abrieron las puertas al tiempo en que detrás de él una voz le llamaba. Antes de voltear a atender la voz que decía su nombre, Ricardo alcanzó a ver en el interior del ascensor a Mariana, no a aquella que había visto en el restaurante, sino a esa con la que había compartido el fin de semana, la misma que en ese instante se esfumaba enfrente de sus ojos regalándole la más dulce mirada y la más hermosa sonrisa.

sábado, 9 de agosto de 2008

Reescribiendome 9





Cuando estamos felices pareciera que el cielo se abre para regalarnos un rayo de sol que nos ilumina durante todo el día, e incluso en esos momentos parece como si todos pudieran ver ese rayo de luz en nosotros, y sin proponérnoslo los demás nos envidian por la alegría que llevamos en el alma, hay hasta quien puede molestarse por que ejercemos ese derecho a ser felices. Ricardo así se veía, como esas personas especiales, esas que nos da curiosidad saber por qué se ven tan contentos. Todos lo notaban y su felicidad era muy contagiosa, todos experimentaban alegría de simplemente ver a Ricardo. Aunque el día empezaba a notarse pesado y muy cargado de trabajo Ricardo se mantenía feliz, incluso cuando le dijeron de la urgencia de tener que volar a Nueva York para atender un problema con un cliente allá, tomó la noticia con emoción, como si fuera la primera vez que iba a visitar dicha ciudad. Inmediatamente pensó en llamarle a Mariana y proponerle escaparse una semana con él a Nueva York. La buscó en su departamento, en su celular sin tener éxito, le dejó mensajes avisándole de su viaje e invitándola a encontrarse con él en el aeropuerto, pensó que si ella aparecía quizá podría convencerla en persona de viajar juntos. Esperó pero no obtuvo ninguna llamada, lo cual, tampoco lo desanimó, “hay cosas que no se pueden preparar tan de prisa”, pensó, “hay cosas que se dan o no se dan”. Esperó pues pacientemente en la sala de espera del aeropuerto, abordó su avión y voló a Nueva York, decidido a disfrutar de aquel viaje y a tomarse algún tiempo para visitar de nuevo aquella maravillosa ciudad.

Como era usual, Ricardo voló en primera clase; no era que gustara del blof, pero a través de todos los cursos que había tomado en su vida, había aprendido que no es bueno atesorar, ni tener apegos a cosas materiales, pero ello no significaba el no disfrutar de las buenas cosas de la vida, y desde hacía mucho tiempo se esforzaba por poder brindarse para sí mismo algunos de esos placeres, entre ellos el haber podido adquirir hace unos años su automóvil favorito, un BMW de línea clásica en color azul marino, con interiores en piel color miel y tablero de caoba. Así que por ello aprovechaba de volar en primera clase cada vez que tenía oportunidad, y siempre seleccionaba un asiento en la ventana, tal vez como un intento por apapacharse y de mantener a su niño interior. Ricardo empezó a impacientarse ante la tardanza del despegue, la tripulación no había cerrado siquiera las puertas del avión, hasta que entró apurada una joven, de escasos 25 años, la cual colocó su equipaje de mano en el compartimento encima del asiento de Ricardo y se sentó junto a él. Fue hasta ese momento que Ricardo vio el rostro de la joven, era Andrea Montemayor, su alumna, hija de un gran empresario e inversionista, quien había ocupado también varios cargos públicos. Andrea volteó a ver a Ricardo y exclamó:

- Licenciado, que enorme coincidencia encontrarlo aquí…
- Señorita Montemayor, la sorpresa es mayor para mí, ¿no debería usted estar en clase?

Andrea rió entre ingenua y pícara ante la formalidad y seriedad en la respuesta de su interlocutor y contestó intentando asumir la misma formalidad de Ricardo:

- Sí Licenciado, en efecto, mas sin embargo, el hecho de que usted se encuentre a bordo de el mismo avión que yo, implica el que, sin lugar a dudas, no tendremos su clase, y el día de hoy era la única asignatura que tenía. A menos, claro, de que haya habido un comunicado en donde se cambiaba la sede para la clase a algún salón en Nueva York.

Ricardo no pudo más que reír ante el comentario de Andrea, además de que su estado de ánimo era inmejorable aquel día, así que ya mas en plan de broma, Ricardo mantuvo un tono “serio” y “formal”:

- Estoy de acuerdo Señorita Montemayor, pero ¿pretende volar hoy a Nueva York y mañana estar de regreso para sus clases?
- No Licenciado, de ninguna manera, sería una locura, ¿no lo cree?
- Indudablemente Señorita Montemayor
- Pero asumo que usted tampoco estará en Nueva York sólo una noche, y siendo así, si usted no va a impartir su cátedra, y los demás profesores no tienen ningún inconveniente en justificar mis ausencias mientras asisto a las reuniones de Consejo del consorcio de mi padre, no veo ningún inconveniente en quedarme un par de días.
- Ah cierto, ya recordé, su padre la nombró miembro del Consejo a fin de justificar sus viajes de compras. No es así, señorita Montemayor.

El último comentario de Ricardo le molestó a Andrea, más que molestarla lo sintió como un reto de inteligencia a la que la estaba colocando su profesor, y sin lugar a dudas, sabía que de entrar en ese campo acabaría perdiendo ante Ricardo, quien era famoso por sus sutiles sarcasmos, y sus grandes debates. Así que Andrea decidió jugar su mejor carta, su esencia de mujer, mirando a Ricardo a los ojos, con una sonrisa evidentemente mezcla de coquetería y dulzura contesto:

- Ricardo, ganaste; sí voy de compras a Nueva York; sí, eres mucho más inteligente que yo; y sí, se que piensas que soy otra niña tonta, que sólo va a la universidad para perder el tiempo, pero…
- Señorita Montemayor…
- Ya Ricardo, dime Andrea, por favor…
- De acuerdo Andrea. No pienso que seas tonta, de hecho considero que eres una mujer muy inteligente, y que sin duda podrías tener un puesto en el Consejo por tus propios méritos. Creo que la que ganó en esta ocasión fuiste tú, a veces un simple comentario hace que empiece a debatir y a tratar de ganar, te ruego me disculpes.
- No tienes porque disculparte, es más, te aceptó una cena en Nueva York para resarcir el daño, ¿qué opinas?
- Me parece muy justo Andrea, iremos a cenar.

La primera clase de Andrea en la universidad había sido también la primera cátedra que impartía Ricardo, y a lo largo de la carrera de Andrea, había tenido la oportunidad de tenerlo en más de una ocasión como profesor. Como abogado, Ricardo era muy reconocido en el ámbito corporativo, y había atendido algunos asuntos de las empresas de su padre, por lo que contaba también con la admiración de éste. Sus libros acerca de derecho y negocios, así como de liderazgo, eran otra razón para que su padre le admirara. Andrea desde la primera vez se cautivó por la mirada triste de Ricardo, y por el tono de su voz, pero nunca había dado ninguna muestra evidente de su enamoramiento, hasta ahora, en que la mirada de Ricardo no tenía esa nube triste y gris, sino por el contrario una alegría inmensa que le hacía lucir distinto, pero igual, mejor; hasta ahora en que el destino había decidido provocar ese encuentro. Durante el resto del vuelo platicaron de letras, de política, de historia, de arte, de música. De pronto parecía que se conocieran desde siempre. La frase de uno la concluía el otro y los dos reían al unísono sin mediar palabra pero sobre el mismo tema.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Reescribiendome 8

“No me acuerdo bien de la fecha, tampoco recuerdo a los que estaban presentes en aquel momento, pero no puedo olvidar el primer momento en que la vi. Simplemente me cautivó su forma de reír, de hablar; el aroma que dejaba al pasar, el movimiento de su pelo… No puedo olvidar esa primera vez. Mariana apenas entraba a la Universidad y yo, ya estaba por terminarla; eso siempre me trajo a la mente la canción de Candilejas de Charles Chaplin. En aquellos tiempos era mucha mi timidez, y la sobrada seguridad de ella y sus muestras de madurez y de cultura, me resultaba tan atractivo; aunque siempre noté en su mirada un toque de tristeza y miedo que no encajaba con la seguridad que mostraba. Es curioso, ahora ya no lo encuentro; siento que ya se encontró a sí misma y me asombra. Aquel día que almorzamos hace poco, aún notaba ese brillo triste y con miedo. Me encanta pensar que se haya encontrado, y que haya decidido volver a mí. Me acuerdo de todos mis torpes e infantiles intentos por conquistarla, y quizá fue esa torpeza la que más la conquistó… Siempre tuve miedo de sus miedos, más de aquellos que callaba; siempre intenté protegerla, aunque no hubiera nada aparente para hacerlo. Siempre me preocupé de no estar a la altura de su mirada. Sus historias románticas pasadas, me hacían pensar que para conservarla, tenía que ser mucho más cada día, tan sólo para poder verla a los ojos. Ay esos ojos, cuando se rompen en llanto, me desarman. Han sido pocas las veces que la he visto llorar, ella sin duda ha secado más veces mi llanto, pero cada una de las veces en que ella ha llorado, he descubierto la bella fragilidad que encierra. Recuerdo incluso esas lágrimas que sé que lloró tras nuestra separación y las cuales, por mi estúpido orgullo, no pude enjugar…”

Ricardo empezó a recordar el dolor y la tristeza que sintió en aquel momento, la impotencia de no poder convencerla para cambiar de decisión y permitirle una oportunidad, las lágrimas inundaron y justo cuando estaba a punto de derramar la primera, sintió la mano de Mariana en su hombro

- No llores cariño, no tiene sentido traer eso de vuelta otra vez… y si sientes que es necesario, entonces, permíteme de nueva cuenta pedirte perdón. Fue mi error, me equivoqué…

Ambos se abrazaron, lloraron, y se consolaron mutuamente, para terminar rendidos, rindiéndose cada uno en los brazos del otro, para de nuevo volver a dormir abrazados y no separarse hasta el amanecer.

Al despertar aquella mañana de domingo, Ricardo, vio a Mariana dormir, la contempló por varios minutos. Sin despertarla, se puso de pie, se vistió con unos caquis y una camisa y salió a la calle, decidido a comprarle unas flores y pan recién horneado para su desayuno. A su regreso, Mariana seguía perdida en sus sueños, y eso le dio la oportunidad para preparar su sorpresa. El aroma del café y del pan, mezclado con el perfume de las rosas, despertó a Mariana, quien con alegría, abrazó y besó a Ricardo, al tiempo en que le decía el más dulce “Te Amo” que Ricardo hubiera escuchado jamás.

Luego de desayunar, aún en cama, Mariana y Ricardo comenzaron a besarse, primero en la boca, delicadamente, saboreando aún el café, pero ahora mezclado con el sabor del otro. Los besos trajeron las caricias inevitablemente. Y de pronto, besos y caricias se encontraban al desnudo. Besos apasionados, sin discreción; caricias frenéticas, sin censura, ni juicios. Los “Te amo” se entonaban en gemidos, en gritos, mientras que aquel hombre y aquella mujer volvían a crear una nueva, quizá la misma de siempre, pero que en aquel momento era una nueva definición del amor. Llenos de ese amor, los cuerpos quedaron exhaustos, tendidos sobre las sábanas, separados por la brevísima distancia de un suspiro. El baño ayudó para reanimarlos, y también como pretexto para continuar con los besos y caricias bajo el agua, lo cual, de nueva cuenta, marcó otro buen inicio para ese día.

Las horas transcurrían de leve manera. El pan, el vino y la sal se percibían en cada palabra, en cada caricia, en cada beso. La mañana daba paso a la tarde, mientras que Mariana y Ricardo se leían y declamaban poemas de Sabines y Benedeti, con sabor y aroma a queso Roquefort, a jamón serrano y a whisky. De nueva cuenta entre los dos prepararon la comida y escogieron el vino, al tiempo en que sonaba el aria de “Largo al Factotum”, seguida por “La vie en Rose”, momento en que el beso no se hizo esperar. Ambos comieron, rieron y platicaron hasta el anochecer, cuando abrazos y besos los condujeron hasta la alcoba, en donde antes de dormir, cerraron amorosamente con beso en los labios aquel idílico fin de semana de amor.

Inevitable llegó el lunes, y el despertador volvió a recordar a Ricardo que tenía que regresar al mundo real. Sin despertar a Mariana se puso de pie, se ejercitó en su caminadora un par de minutos, realizó sus ejercicios de Yoga, se dio un baño, y cuando salió no vio ya Mariana, tan sólo una nota en que le decía que era hora de arrancar la semana, de subirse al mundo, de volver a la cotidianidad, en donde esperaba verlo de nuevo pronto. El gesto no le extrañó de Mariana, ambos se sabían y se confesaban como torpes a la hora de tener que despedirse; además de que en esa ocasión, Mariana contaba con la escusa de también tener que ir a trabajar. Ricardo sonrió para sí, agradeciéndole el fin de semana que habían vivido juntos, y con alegría se dispuso a irse a trabajar.

Reescribiendome 7




Despertaron, él abrazándola a ella por la espalda, cubiertos por las sábanas y por los rayos del sol que penetraban por la ventana. Mariana amaneció feliz y alegre, se levantó, beso a Ricardo y mientras él iba a preparar el desayuno, ella aprovechó para darse un buen baño. Ricardo estaba feliz de tenerla en casa de nuevo. Mientras ella se bañaba, él puso música, preparó jugo de naranja, café, bísquets con mantequilla y mermelada, y yogurt con frutas. Todo lo colocó sobre una charola la cual llevó hasta la habitación, donde se sentó frente a la puerta del baño, y escuchando a Mariana en la regadera, la emoción le hizo derramar un par de lágrimas de alegría.








Aquella mañana de sábado el ánimo de los dos era el de esconderse por un poco más del mundo, de escapar de la realidad, de las responsabilidades, y de los otros, especialmente de los otros. No tenían ganas de salir, ni de ver a nadie, tan sólo tenían ganas de besarse, abrazarse, amarse y sentirse de nuevo felices y vivos y por eso, Mariana sugirió desconectar y apagar los teléfonos y celulares, y simplemente ser, al menos por aquel fin de semana.



Ese sábado lo pasaron leyendo, platicando, escuchando música, cocinando nada más para los dos, bebiendo buen vino, y viendo las películas de siempre. Ya en la noche, a Mariana se le ocurrió la idea de ordenar algo para cenar, quizá algo ligero; Ricardo buscó el directorio telefónico y al tiempo en que revisaba las opciones, vio todas las anotaciones hechas, de puño y letra de Mariana, en otra época. Al leer cada una ellas, se acordó de los encuentros, de las pláticas, incluso de alguna que otra discusión y de las reconciliaciones después de ellas. Recordó a Mariana y sus bromas, sus risas y sus prisas antes de que llegaran los amigos, para que no descubrieran que los platillos habían sido ordenados. Se acordó de la última navidad que habían pasado juntos, de los regalos, de los besos y las caricias, y cómo aquella noche hicieron el amor sobre la alfombra de la sala, en donde los encontró aquel amanecer. Después de tantos recuerdos, Ricardo volvió en sí, para darse cuenta de que había pasado ya mucho tiempo; volvió a la sala con el directorio y encontró sobre la mesa del comedor dos copas de vino tinto, una llena y la otra vacía, y a lado una nota: “Cariño no te quise interrumpir, te veo en la cama. Te Amo. M.”. Ricardo apuró la copa que le dejara Mariana y fue a intentarse encontrar con ella, para descubrirla bajo las sábanas, profundamente dormida.


Decepcionado y un poco molesto contra sí mismo, Ricardo pagó la mayoría de las luces de la casa, acomodó los platos sucios en la cocina y tras servirse otra copa de tinto, fue a la sala. Sentado en su sillón favorito, frente al enorme ventanal que daba vista a la ciudad y a la noche, Ricardo encendió un cigarrillo, intentando recordar cada momento desde que conoció a Mariana.

viernes, 1 de agosto de 2008

Reescribiendome 6






Cuando Ricardo regresó a casa, tras una hora, encontró la mesa puesta: las copas de Riedel para el agua fría servidos, los vasos de la misma marca para el vino tinto, la vajilla de porcelana, los cubiertos de plata, los servilleteros, las velas encendidas. La chimenea encendida. En la mesa de centro: el carpaccio de salmón, el mousse de ostiones ahumados, los quesos y las carnes frías. Y en la puerta de la cocina, con un vestido strapless negro, zapatillas destalonadas de tacón alto del mismo color, un delantal blanco, y un perfume que causaban en conjunto un dulce hipnotismo, con la más hermosa de las sonrisas, Mariana, llevando en la mano dos vasos de whisky en las rocas.

- Cariño, que bueno que volviste, la cena esta casi lista.
- Te ves hermosa
- Eres un adulador de lo peor, pero así me encantas, muñequito lindo.

Con esas últimas palabras Ricardo sintió que no podía existir mejor momento, ni mejor lugar en el universo entero que ese. Los dos se sentaron en la sala, disfrutaron de la botana preparada por Mariana, que dicho sea de paso, eran platos que le encantaban a Ricardo. Platicaron como siempre de los mismos temas (música, cine, teatro, palabras, arte), volvieron a discutir por opiniones sobre la política nacional e internacional, rieron una y mil veces. Después de un rato, Mariana fue por la cena a la cocina, acompañada en todo momento por Ricardo, cenaron, bebieron un exquisito Pinot Noir de la casa de Robert Mondavi, bailaron y se entregaron ese beso, al principio delicado, para luego tornarse en profundo y apasionado, que tanto había tardado en llegar. Del comedor pasaron a la terraza en donde compartieron el postre y el café, al tiempo en que las estrellas, esas testigos indiscretas, enmarcaban la mejor noche de sus vidas; y las mismas que los acompañaron hasta la alcoba, siendo las únicas luces que alumbraban ese reencuentro de dos cuerpos que se entregan, con pasión, en nombre del amor.

Hace una semana que no era viernes



... y muchos andan por ahí gastándose la lana de vacaciones en la playa, para luego tener que sufrir con el regreso a clases de las chiquillas y chiquillos, en vez de atender a este su güey que anda aquí, escribe que escribe, para cumplir con la promesa de entregar al menos un post diario y de ofrecer algunas opciones para los fines de semana. Pero está bien, ni me importa, para que quiero yo nadar en albercas que combinan agua, cloro, pipí, bronceadores, bloqueadores, aceite de coco, piña colada del wey que se le cayo en la alberca, pelos, cabellos, etc. Yo porque me quiero me cuido. (¿Se notó la envidia malsana y mugrosa porque yo ando en el mismo lugar, y con la misma gente, en el trajín de siempre?)


Pues bien, lectora, lector querido. Ya en serio. De nuevo alcanzamos el viernes. Como siempre es justo que alguien te felicite por lograrlo. Muchas felicidades. Para mi esta semana, el viernes, en verdad que si me sabe rico, muy rico. Hay que ofrecer, caray, no sean méndigos. En verdad que, les confieso, a miercoles ya andaba yo quemando aceite. Pero es cuestión de ofrecer ¿no? y de seguirse esforzando por encontrar y crear razones para encontrarle sentido a la vida y seguir de pie, y de buena cara. Una buena opción siempre es el amor, cariño, dedicación, preocupación y apapacho de esa otra parte de nosotros que encontramos siempre en el otro.


Y bueno para este fin de semana las opciones en la Ciudad de México, como siempre, son muy variadas, se mantienen varias de las que ya hemos mencionado, y ahora podemos sumar a la soprano Julia Migenes con su show Diva al Borde de un ataque de Nervios que se presentará el 16 de agosto en el teatro de la Ciudad. Se ve muy bueno así que vayan comprando sus boletos. O para los amantes de Lupida D'Alessio se presentara en el Auditorio Nacional el sabado 9 de este mes. En cine una que me han sugerido mucho la de Batman, hay que verla ¿no?


En otras notas les recuerdo que el sabado será la Marcha contra la Intolerancia, la Discriminación y la Homofobia la cual arrancará a las 12 del día en el Angel de la Independencia. El domingo se llevará a cabo la Conferencia Internacional del SIDA en el Auditorio Nacional y arranca con ello esta semana en lucha contra el SIDA lo cual tendrá lugar en el WTC dónde habrá conferencias, talleres, pláticas, etc. Si tienes hijos adolescentes, no dudes en llevarlos e invitarlos a informarse.


Finalmente los invito a, este fin de semana y todos los días, a festejar la vida, a convertirnos en las damas y los caballeros de la antimuerte e imprimirle nuestro sello y nuestra sonrisa a cada uno de los instantes de la vida.


Agregue un poco de mas a la entrada de Reescribiendome 5 por si desean leerlo y quedarnos ahí hasta el lunes.

Vamos por el día, ya no falta mucho. Saludos

jueves, 31 de julio de 2008

Reescribiendome 5



Después de aquel reencuentro de Mariana y Ricardo, se abrió entre ellos un gran abismo de silencio. De uno y otro lado, habían surgido miedos movidos por los recuerdos revividos aquella noche. Las pocas veces en que tuvieron algún encuentro accidental, eran pocas las palabras que se pronunciaban, eran muchas las preguntas que no se hacían, limitándose a ser simplemente educados y corteses. Cada uno trataba de seguir con sus vidas, intentando que el recuerdo de esa noche, y de el amor que algún día habían vivido juntos, se mitigara, se fuera silenciado a fuerza de voluntad, necedad y persistencia. Mariana se dejó absorber por el trabajo, dedicándose hasta el cansancio, complementándolo con sicoanálisis, cigarro y café. Ricardo, de igual forma, volvió a dedicarse a su despacho, volcando su atención a ganar mayor reconocimiento como abogado, a continuar con su cátedra en la universidad y a escribir sus libros. Tras esa noche las sonrisas de ambos escondían ahora, entre tantas cosas que cargaban de sus respectivos pasados, el profundo dolor y soledad que sentían.

A fin de no recordarla, Ricardo se impuso una rutina que empezaba a las cinco de la mañana para correr en la caminadora, bañarse, tomar un brevísimo desayuno y estudiar; para terminarla pasada la media noche al salir de la oficina, llegar a casa, tomar dos vasos de whisky y cerrar los ojos, intentando consolar el sueño por un par de horas, hasta el inicio del nuevo día. Sus viajes en el interior del país y fuera de éste, se volvieron más continuos; incluso empezó a atender aquellos para los cuales, en otra época, hubiera mandado a algún asociado o pasante. Indirectamente, su intención por olvidar, empezó a ganarle el respeto de sus colaboradores y de sus clientes. Su reputación como abogado creció, por lo mismo sus libros eran cada vez, más solicitados, y sus clases mas concurridas.

Aquel viernes, Ricardo no pudo hacer más por permanecer más tiempo en la oficina. La carga de trabajo, aquella semana, no había sido tan demandante, y los pendientes que aún quedaban, no requerían en aquel momento mayor atención por parte de él. Frustrado por tener que volver tan temprano a su mundo privado, Ricardo, tras despedirse de su secretaria, bajó al estacionamiento, abordó su auto y condujo hasta casa escuchando a Charles Benson en su reproductor de discos compactos. Como todos los días, subió los siete pisos hasta encontrarse de nuevo con su departamento. Habrá sido el fresco de la noche, lo temprano de la hora, el jazz de Charles, aquella noche Ricardo, tras haber dejado de hacerlo por mucho tiempo, volvió a gastarse su vieja y masoquista broma – Cariño, ya llegué.

Ricardo no esperaba ninguna respuesta, sin embargo una voz se oyó salir de la cocina:

- Que alegría amor, y ¿cómo te fue?

Al escuchar e identificar la voz que le contestaba, Ricardo se sobresaltó de emoción y de alegría, no cabía en su sorpresa. Corrió hasta la cocina en donde vio a Mariana, desnuda, cubierta únicamente por una toalla que dejaba ver su espalda, preparando algo, que supuso por el aroma sería una exquisita cena. Será que a veces la distancia y la ausencia de alguien nos enferma a tal grado que olvidamos algunos detalles para no morir de recuerdo, o de olvido, y otras recordamos de forma exagerada, para tan siquiera poder ponernos de pie. Aquella imagen en la cocina era una Mariana distinta a la que siempre había conocido, pero exactamente igual a la que siempre amó; o bien Ricardo ya había empezado a olvidar tantos detalles de ella y ahora los veía, frente a sí, de un modo como jamás los había visto. Mariana lucía bella, fresca, alegre, tranquila, lucía genuinamente viva.

- Mariana, que sorpresa… ¿qué haces aquí?

Mariana volteó para estar de frente a Ricardo, y al tiempo que disfrutaba comiéndose una rebanada de mango, con una sonrisa entre infantil y traviesa:

- ¿Te molesta que esté aquí?
- No, para nada, al contrario, es muy grato verte, sólo que…
- Ahhh, ya entendí, te incomoda que esté desnuda
- No, tampoco, es que… no esperaba esta sorpresa

Dueña de la situación, y divirtiéndose al ver el nerviosismo de Ricardo y el cómo se sonrojaba, continuó:

- Pues, llevaba ya mucho tiempo estresada por el trabajo, y la verdad francamente aburrida y sola. Así que decidí venir a visitarte, prepararte la cena y esperar tu llegada. Sólo que no te esperaba tan temprano, así que tendrás que aguardar a que la cena esté lista y, obvio, a que me bañe y me arregle para que cenemos.

Ricardo estaba feliz al escucharla y al perderse en sus ojos, los cuales le mostraban un brillo inusual, y sin palabras le decían cuanto ella le amaba. No había ya barreras, ni silencios incómodos, ni se podía distinguir la existencia de un pasado sin ella. En aquel momento, cayeron par terre todos los sufrimientos. A fin de no interrumpir a Mariana mientras cocinaba, Ricardo optó por seleccionar la música, escoger la botella de vino para aquella ocasión, y a petición de ella, fue a comprar algunas piezas de pan con especias y finas hierbas, y algunas botellas de agua.

Reescribiendome 4



Lo íntimo, eso que escapa del ámbito de lo público, eso que valoramos tanto por ser nuestro, en un sentido estricto, se conforma de minúsculos detalles, de fracciones delicadas de tiempo y sentimiento, de un trabajo artesanal en el armado de un momento o de un algo. Dentro de lo íntimo, encontramos secretos, sueños, fantasías, palabras, sentimientos, que se atesoran, no por un valor material, más por un valor de esencia. En lo íntimo encontramos esos silencios cómodos, esas sombras amistosas, esas notas de alguna vieja canción guardadas en el crujir de un trozo de madera en la chimenea. Es en esos espacios, o tiempos, en que nacen los recuerdos que arman quien somos. Íntimos son los secretos que se guardan detrás de una foto que decora nuestra casa, de la anécdota de la compra de un florero, de una lámpara, de las lágrimas y risas de cada una de las figuras que conforman nuestras colecciones de recuerdos; eso es intimidad. Con ese tipo de intimidad se decoraba el departamento de Ricardo, el cual, si bien mostraba una decoración minimalista moderna, de mucho estilo, cada uno de los detalles de ese lugar guardaba más de una historia, lo que se percibía al entrar y sentir el aroma y el calor que daba la bienvenida a cualquiera que entrase.



Mariana y Ricardo llegaron al departamento, riéndose de tantos recuerdos, retomando viejas conversaciones, de esas que entre una pareja se repiten los temas sin llegar a una conclusión, y sin que eso importe. Volvieron a hacerse esos comentarios, entre broma y sarcasmo, que en ocasiones aludía a alguna torpeza, pero que en la mayoría de los casos era para hacer evidente alguna virtud del otro. Mientras que Mariana acomodaba las compras en la cocina y preparaba su carpaccio de salmón, Ricardo fue a poner un poco de música que ambientara el momento. Mariana inspeccionó el departamento, para poder ver los nuevos detalles que habitaban aquel lugar; sobretodo trató de encontrar el cuadro que ella le pintara, tiempo atrás, y que intentara retratar el paraíso idílico de Ricardo, mezclando Paris, Mont Marte, el Sena, con la Ciudad de México, su paseo de la Reforma y sus calles de Polanco. Sin poder observarlo en el lugar en que solía estar, se molestó un poco al ver en su lugar un lienzo pintado todo en oleo blanco, con cierta textura, con matices accidentales en color perla, enmarcado lujosamente.

- Ricardo… ¿te deshiciste del cuadro que te regalé?
- No cariño, ¿cómo puedes pensar eso?
- Es que no lo veo, y en su lugar veo ese lienzo blanco
- Ahhh, sí, ese cuadro es una broma de Toño, es “La Nada Jurídica” y atrás está firmado por Hans Kelsen. Jeje, ¿quieres ver?


Mariana en ese momento no estaba de humor para reír acerca de bromas de sentido de humor jurídico, si es que algo puede tener de eso; muy por el contrario se sintió desplazada, triste, sintiendo que tenía que esforzarse por no hacerlo evidente, después de todo, ella había tomado la decisión del rompimiento, aún cuando en el momento hubiera intentado hacerlo parecer como un acuerdo en común, se sabía responsable, y no tenía como reclamarle nada a Ricardo. Ricardo había anticipado aquel sentimiento que embargaba a Mariana, y al verle bajar la mirada, comentó:

- El cuadro que me regalaste decidí cambiarlo a un lugar mas importante…
- ¿En verdad? ¿a dónde?
- Sígueme…

Mariana siguió a Ricardo por el pasillo, pasó a lado del pequeño Tamayo, del Coronel y del Souto, y se quedo en la puerta de la habitación de Ricardo, no se atrevió en ese momento a acompañarle al interior, y desde el marco de la puerta pudo observar que su cuadro se mostraba enfrente de la cama de Ricardo, encima del televisor.

- ¿Lo ves? Ahí está el cuadro. Me gusta verlo todos los días al despertar, mi paraíso. Créeme muchas veces a sido la razón para ponerme de pie.

Aquella escena, junto con esas últimas palabras rompieron las barreras y Mariana no puedo evitar derramar un par de lágrimas y entrar a la habitación para derrumbarse en los brazos de Ricardo, quien la abrazó, la consoló, y la llevo de vuelta a la sala para continuar con aquel encuentro. Ricardo tenía valores muy firmes, sobre todo respecto al amor y al respeto a una mujer y no pensaba aprovecharse de la situación, por más que lo deseara.

La charla seguía, el Pinot Noir sirvió para traer muchos recuerdos. Platicaron de cine, de teatro, de pintura y escultura; recordaron a los impresionistas y a Rodín. Las risas se mezclaban a ritmo con la música, incluso cantaron juntos al escuchar a Barry Manillow y a Rod Stewart, y el beso estuvo a punto de llegar, más la racionalidad excesiva de Mariana la hizo de pronto darse cuenta de su propia naturaleza, no quería volver a sufrir por Ricardo, ni volverlo a herir de aquella manera. Así que se resistió, cambio el destino del beso y lo dio en la mejilla. Ricardo comprendió que, quizá, había sido demasiado recuerdo por una noche. Respondió al beso en la mejilla, y tras enjugar las lágrimas de Mariana, la despidió. Al tiempo en que Mariana se despedía de Ricardo, su mente y su corazón batallaban frenéticamente. Entre el “Te Amo” y el “No puedo” Mariana se marchó para llorar todo el camino a su casa, toda aquella noche y por varias noches más.

Se adelantó el Aura

Falleció ayer el actor, escritor, poeta, dramaturgo, promotor Alejandro Aura. Si alguien quiere leer un poco de sus letras los invito a visitar su Blog en http://alejandroaura.blogspot.com/



Descanse en Paz

miércoles, 30 de julio de 2008

Reescribiendome 3


El lugar era el de siempre, la mesa escogida habrá presenciado más de una vez el encuentro de aquellos dos, que esa mañana se reencontraban, gozando del favor del universo, en una mañana de sábado soleada y agradable. A la cita no acudieron ni las reseñas de los logros profesionales, ni las crónicas de los días pesados de trabajo, tan sólo una ella y un él. La intención de un beso, se mantuvo en todo momento flotando en el aire. La disposición de las sillas y de los cuerpos, bastaban para comprobarlo, pero quizá algo más que un recuerdo no permitió que ocurriera en aquel momento.

- Oye Mariana y cuéntame eso que me decías anoche del Alsace, ¿qué pasó?
- Nada… simplemente que cuando llegué al lugar me sorprendió que me parecía muy familiar… demasiado de hecho, y no sé porqué me dio la impresión de haberlo visitado contigo, pero obviamente no fue así.
- Es curioso, a mi me pasó básicamente lo mismo en un lugar en la Condesa.
- ¿Qué lugar?
- No recuerdo el nombre… está enfrente de otro que se llama la “Buena Tierra”
- Debe de ser el “Mama Rosas”, es un lugar muy rico y la atención es buena, suelo ir muy seguido a ese lugar… De hecho la semana pasada que fui me acordé mucho de ti.
- ¿En serio?
- Sí, ordené lassagna y me acordé de cuanto de gusta.
- Ahora que lo mencionas, hace poco fui al Alsace y también sin querer veniste a mi mente, me acordé de ti y de cuanto te encanta el creme brulle.


De pronto, sin decir nada más, para los dos habían quedado claras sus experiencias. Cada uno sentía como familiar el lugar en el que el otro le había recordado, y fue bastante para que los dos calmaran el miedo que habían sentido ante semejante Dejá vu.


Después del almuerzo, Mariana y Ricardo, sentían la necesidad de prolongar ese encuentro por más tiempo. La vida suele a veces separarnos sin previo aviso, y no sabemos si un encuentro sea el último hasta después de mucho tiempo. Por esto, caminaron por varias horas en los parques de Polanco. Pararon en una pequeña tienda de delicatesen, compraron un par de botellas de vino tinto, de Pinot Noir, un par de baguetes, quesos y carnes frías y volvieron al departamento de Ricardo.




Reescribiendome 2






En ocasiones hay sueños que, por más que sacudamos las sábanas a diario, quedan atrapados en nuestra almohada; tal vez para desterrarlos para siempre, sería necesario no sólo cambiar las almohadas, las sábanas y la cama, sino que tendríamos que cambiar de casa, para poder olvidar del todo, sin que el hacer esto, nos garantizara el conseguirlo. La noche tras esa llamada pasó especialmente tranquila y plácida para Mariana, al grado de que el sueño se le agotó en plena madrugada sin aparente razón. Despertó con el sabor en la boca de un dulce sueño, el cual no lograba recordar del todo, más sin embargo podía jurar que trataba acerca de Ricardo. El recordarlo de ese modo, como hacía mucho que no pasaba, la hizo levantarse contenta y algo entusiasmada del almuerzo.
Tras ponerse de pie, entró al baño, se lavo los dientes, rogando que ello no le quitara el sabor del sueño que había tenido; se desnudo y preparó el agua para darse un buen baño que la pusiera arriba del mundo para ese día. El agua caliente recorrió su cuerpo, las nubes de vapor comenzaron a llenar el baño, el jabón se paseaba por su pecho, su vientre, sus caderas y por sus piernas, mientras que sus ojos permanecían cerrados, tratando de volver a su ensoñación. El agua tomó la forma de esas manos, de ese él, el cual no sabía si tendría el rostro de Ricardo, pero en ese momento lo deseaba como nada en el mundo. Sus propias manos se unieron a aquellas hechas de agua y de recuerdo y recorrieron conjuntamente su piel, excitándola de un modo dulce y suave. Aquellas manos la acariciaban, de un modo tan gentil, como en mucho tiempo nadie lo había hecho. Estaba a punto de llegar a un orgasmo cuando, de pronto, volvieron a su mente los recuerdos, esos de la rutina cotidiana, del trabajo, de las prisas, de las largas noches, de los viajes de negocios, de las sonrisas falsas, del maquillaje con que cubría su vida para estar siempre ad hoc, y sin querer las lágrimas saltaron de sus ojos, sin poder frenarlas, sin poder impedirlas, llegando a un orgasmo lleno de llanto y de desesperación. Desesperada, salió de la regadera; se arregló de prisa, intentado cubrir toda evidencia de su tristeza, y salió de casa con la intención de ver a Ricardo, de abrazarlo, besarlo y de pedirle perdón.

Atento Llamado



Lectora, lector querido el próximo sábado en la ciudad de México habrá una marcha en contra de la intolerancia, la discriminación y la homofobia a la cual, creo que sería muy bueno asistir. Esta marcha se hace como preámbulo de la conferencia internacional del SIDA la cual se llevará acabo también en la ciudad de México del 3 al 8 de agosto en el WTC.


Es importante el manifestar el rechazo a la intolerancia, término que por sí engloba a la discriminación y a la homofobia (tipo de discriminación). Y es que esto se da por miedo, por miedo de la otredad, de la diferencia, de la posibilidad de que nuestras ideas estén erradas, de descubrirnos equivocados y de encontrar que lo que creíamos como la verdad no la tenemos en las manos. Imagínate, si tenemos apegos por personas y cosas materiales, y nos cuesta trabajo eliminarlos, ahora piensa de la verdad absoluta que creemos que es nuestra. Obvio, cualquiera que ataque, aunque sea con su simple existencia, nuestra verdad, pues nos aterra.


Lo peor del caso es que la intolerancia, la discriminación, la homofobia, la mala distribución de la riqueza, la falta de educación, el fanatismo a cualquier credo, entre otros factores, acrecenta lo malo del virus del SIDA, y nos ponen cada día más en riesgo a ti, a mi, a tu familia y a la mía, así como a todos nuestros seres queridos de esta enfermedad, y a los enfermos de este virus los coloca en el patíbulo. Todo por nuestro rechazo, por nuestra ignorancia, por nuestra estupidez.


Creéme AIKIR a manifestarnos en un apoyo por la tolerancia, porque diferentes, fuera de tí, son todos.

Otras 2 recetas




Lectora, lector querido, te paso otras dos recetas, infalibles. En esta ocasión son las recetas mas seguras para alcanzar en la vida el fracaso y el éxito.


Receta del fracaso


Pequeños errores de juicio repetidos TODOS LOS DIAS. Puedes pensar, por ejemplo, que el fumarte una cajetilla de cigarros al día no te ha causado ningún problema serio con tu salud. Si ese pequeño error de juicio lo repites todos los días... ¿qué obtienes? llegar a fracasar, dañando tu salud. Si piensas que el postergar el cumplimiento de un deber no te ha traído consecuencias, ese error de juicio repetido de forma continua te llevara al fracaso. ¿Te das cuenta? es fácil.


Receta del éxito


Pequeños cambios positivos -nuevos hábitos- llevados a cabo todos los días. Así es, igual de fácil que fracasar. Si empiezas tomando un litro y medio de agua, y esto lo haces todos los días, mejorarás tu salud. Si decides dejar la cama quince minutos antes, esto mejorará tu rendimiento y podras aproharlos en la meditación o en pensar, como hemos platicado.


Alcanzar el éxito es igual de fácil que fracasar en la vida. ¿Por qué fracasamos entonces? Porque es FÁCIL. Si fuera difícil fracasar, creéme, nadie fracasaría. El único costo extra que tiene el éxito es la actitud, la decisión.


¿Qué precio prefieres pagar, el de la disciplina o el del arrepentimiento?


A eso se limita la decisión entre éxito y fracaso.


Al rato te platico más cosas y continúo con reescribirme. Buen día

martes, 29 de julio de 2008

Reescribiendome



Lectora, lector querido, espero que no te importe que utilice este, nuestro espacio, para seguir reescribiendo algunas ideas que por mucho tiempo se quedaron en el tintero o se perdieron en el papel. Empezaré a compartir contigo lo que vaya avanzando en la recuperación de esta historia que escribí hace algun tiempo. Por favor no dudes en hacerme tus comentarios para irla puliendo.



“Los caprichosos recuerdos de un farsante”

Aquel día, la esclavizante obsesión por el trabajo, le mantuvo distraído de sus recuerdos durante la jornada; sin embargo, al caer la noche, cuando ya la oficina no podía retenerle más, empezó a sentir esa sensación de vértigo, de ansiedad, de nausea, de la realidad a la que debía enfrentarse al llegar a casa. Tras manejar por breves minutos, y tras subir en el ascensor siete pisos, llegó a la puerta de su departamento en la colonia Condesa. Abrió la puerta, encendió las luces, se despojó cansado de su saco, el cual botó encima del sillón de la sala, y una vez aflojado el nudo de la corbata exclamó – Cariño, ya llegué – No esperaba ninguna respuesta, sabía perfectamente que el departamento se encontraba solo, como cada noche, desde hacía ya tanto tiempo, que no recordaba cuando había sido la última vez que ella había estado ahí; pero de un modo morboso y masoquista, gustaba de jugarse a diario esa broma (a veces las bromas que nos gastamos a nosotros mismos suelen ser más crueles que las que nos prepara el destino) en un intento quizá por no olvidarla. Consciente de su soledad, apuró los pasos hasta la cocina, abrió el refrigerador, para encontrarse con una caja de pizza vacía, un par de embutidos, y cuatro cervezas – Definitivamente éste departamento ya no lo habito ni yo- pensó nostálgicamente para sí, y con eso en mente salió de ahí, para buscar algo que saciara su hambre, y algo que acallara los ruidosos silencios de su vida.

Aun cuando Ricardo vivía en la colonia Condesa, su trabajo diario le mantenía, por regla general, en la zona de Polanco, cuando no, fuera de la ciudad o del país; así que no conocía las opciones que la zona donde habitaba le podía proporcionar para comer, o al menos para tomar un trago. Caminó por algunos pocos minutos, y extrañamente, los locales por los que pasaba le parecían de algún modo conocidos, a lo cual no le prestó mayor atención, sin lugar a dudas el pasar ocasionalmente por esas calles, camino al trabajo, había grabado en su memoria algunos rasgos de esa colonia. Llegó finalmente a un restaurante sencillo, con mesas dispuestas en la acera, cuyo nombre le pareció una buena promesa, “La Buena Tierra. A su llegada a la puerta del lugar se apareció una joven de escasos veinticinco años, con una sonrisa fresca, aunque ya con tonos de cansancio - ¿Le puedo servir en algo, señor?- preguntó la joven hostess, cuyo nombre era, Angélica, según se mostraba éste en un gafete con el logo del lugar. Ricardo contestó a la chica pidiendo una mesa para poder cenar a lo cual la sonrisa de la joven se borró con un toque de tristeza – Disculpe señor, de momento no tenemos mesas, no se si le importaría esperar veinte minutos- Ricardo entendió que, en aquel preciso momento, aquel lugar no era una buena tierra para él. Agradeció a la hostess, agradeciéndole más por la sonrisa y se retiró intentando encontrar otro lugar para poder calmar su realidad. Con un poco más de nostalgia cruzó la calle y, sin reparar en el nombre del lugar, se acercó a la recepción y solicitó una mesa, en menos de dos minutos ya lo habían conducido a ésta y su mesero no tardó en aparecerse – Buena noche, señor, ¿le puedo ofrecer algo de beber?- sin voltear a ver a su interlocutor, sin salir del todo de sus pensamientos, Ricardo ordenó – whisky doble en las rocas, con poco hielo, por favor Javier- el mesero anotó la orden y con un – En seguida señor- se retiró. Habrán pasado menos de cinco segundos cuando Ricardo se dio cuenta de que era su primera vez en ese lugar, que nunca en su vida había visto a aquel mesero, y que la naturalidad con que lo trató era totalmente extraña para él, levantó la vista y observó el lugar en que se encontraba. Lo que vio le asustó aún más, todo le parecía extremadamente familiar, incluso alguno que otro comensal le parecía haberlo visto antes en ese mismo sitio. Asustado por aquella revelación, se puso de pie, sacó un par de billetes, los puso sobre la mesa y salió de aquel lugar. Sin hambre, pero con una mayor ansiedad, llegó de vuelta hasta su departamento, en donde tras servirse un vaso de whisky, se sentó a pensar en lo ocurrido.


Cuando lo anónimo, lo extraño, convive con nosotros, por algo más que un par de ocasiones, solemos darle entrada al mundo de lo familiar, de lo privado, de lo íntimo. Es una especie de rito, el cual, con el paso del tiempo, nos hace sentirnos cómodos, como en casa. Igual ocurre con las personas, las cuales, como diría El Principito, nos domestican, hasta que llegan a ser parte integral de nosotros y nos duele el separarnos o el dejarles de ver. En alguna época de su infancia, Ricardo, fue un gran fanático del Principito, y sabía, en ese recuerdo infantil, de la importancia de los ritos y de la domesticación; mas como abogado, obligado a ser en extremo racional, podía concluir, tajantemente, que aquel lugar, que aquel mesero, en ningún momento habían tenido la cortesía de iniciar el rito; se sentía pues invadido en su intimidad por aquella revelación. Las ideas se agolpaban en su cabeza. No lograba escuchar otra cosa, ni siquiera la práctica del concierto de piano en el departamento vecino. De pronto, toda esa ansiedad, toda aquella sorpresa, se volcó en un recuerdo incesante de ella, de esa clase de recuerdos que reviven de pronto y, de cenizas, se vuelven una enorme hoguera de la cual resulta imposible escapar. Tomó el teléfono, el número lo sabía de memoria, se dispuso a marcarlo cuando, al oprimir la primera tecla, escuchó por el altavoz –Ricardo, ¿eres tú?- Era ella, la coincidencia le parecía increíble, las palabras para responder, se le atravesaron

- Ma… Ma… Mariana ¿eres tú?
- Sí Ricardo, ¿cómo has estado?
- Bien, estaba a punto de llamarte, de hecho…
- Sí Ricardo, te creo, seguro que ya ni te acuerdas de mí…
- No digas eso, nunca podría olvidarte, y lo sabes bien…
- Lo sé cariño, yo tampoco podré olvidarte jamás. Oye, pero necesito preguntarte algo
- Dime
- ¿Alguna vez fuimos a comer al Alsace juntos?
- Yo voy muy seguido, pero no creo que hayamos ido juntos, no lo recuerdo ¿Por qué la pregunta?
- No me hagas caso, quizá pensarás que estoy loca, pero el otro día fui a comer ahí con unos clientes y te juro, me pareció tan familiar el lugar y el personal, que pensé que había ido ahí contigo. Te repito, no me hagas caso, quizá llevo ya muchas horas trabajando…
- Nunca pensaría que estás loca, y para serte sincero a mi, me acaba de pasar casi lo mismo en un restaurante en la Condesa…
- ¿En la Condesa? Wow eso sí que es novedad, tú en la Condesa.

La conversación siguió, abandonando la anécdota y tocando momentos pasados, y recuerdos de los dos, lo que animó a Ricardo a sugerir – Oye Mariana, ya es tarde, pero… ¿qué opinas de vernos mañana para almorzar?- a lo que Mariana, después de haber recordado tan buenos tiempos, aceptó. Ambos se despidieron con un “Buenas noches” y un amistoso y dulce “Nos vemos mañana”.

Un nuevo día





Buen día lectora, lector querido. He estado escuchando el audiolibro de la Guía de la Grandeza de Robin S. Sharma, te lo recomiendo mucho, puedes descargarlo de su site en internet http://www.robinsharma.com/, o también puedes leer el libro. En esa guía, Robin Sharma nos alienta a que tomemos vacaciones. Aun que parezca trivial, creeme que no lo es, ya que generalmente en esos momentos en que descansamos, y nos alejamos del mundo real, esos días en que tenemos la oportunidad de no subirnos a la vida, nos da oportunidad para pensar y para ser creativos. Recuerda que somos en mucho lo que pensamos. Así que, si tienes oportunidad, te invito a que salgas de vacaciones, te tomes un par de días, y los aproveches para pensar, para ser creativo, para mejorar tus relaciones, para desarrollarte.


Quizá no tengas oportunidad de tomarte unas vacaciones, tal vez tus miedos y tus apegos te hacen ponerte inquieto ante la idea de dejar que el universo camine solo un par de días. Está bien, así nos pasa a todos de vez en vez. Entonces te recomiendo empezar con una actividad que te agrade. ¿Te acuerdas? es importante apapacharte a diario al menos un poquito. Entonces piensa en alguna actividad que te agrade, eso en lo que sientes que tienes cierta destreza (quien sabe, si le pones la suficiente dedicación podrías descubrir tu genialidad ahí); o quizá alguna actividad física -te propongo el Yoga como una excelente opción- Sea lo que sea trata de dedicar tiempo a ti, a tu creatividad, al desarrollo de ideas. La oración, la meditación y pensar te lleva a niveles de crecimiento que aún no imaginas.



A partir de hoy, yo empezaré con una rutina nueva, espero me acompañes: Todos los días 20 minutos de meditación, y 20 minutos de pensar (pensar en el sentido de nuevos proyectos, nuevas formas de solución de problemas. Pensamiento creativo), antes de arrancar el mundo.


Vamos por el día.

sábado, 26 de julio de 2008

Desde el café




Antes de cualquier cosa, te ofrezco una disculpa lectora, lector querido, por no haberte pasado tips para el viernes; aunque las opciones que te he dado siguen vigentes y puedes aprovecharlas en estos días.

Y tras haberme disculpado, vamos con lo del fin de semana.

En estos momentos, me encuentro tomando un triple grande latte y un panini español en el starbucks de Av. Nuevo León, en la Condesa, escuchando un rico jazz y se me ocurre preguntarte ¿con quién tomas el café tú? Esta pregunta me la hizo Robin S. Sharma en alguna ocasión en que compartí el café con él. En otras ocasiones he compartido una taza de café con Kundera, con Saramago y con varios autores que me da por leer en estos momentos de quietud y de serenidad. Y es que cuando lees un libro, estás compartiendo con el autor, estás aprendiendo de él. En mucho nos convertimos en lo que leemos, en lo que pensamos y en lo que hablamos. Así pues, lectora, lector querido, te invito a que cuando te des tiempo y tu agitada agenda para una taza de café invites a alguien que te ayude a alcanzar esa parte mejor de ti. ¿No te parece increíble el poder compartir el café con Gandhi leyendo algo de su autobiografía, o con Luther King, o Sam Walton o con los grandes maestros del liderazgo y del crecimiento personal?

También me gustaría invitarte a que el día de mañana acudas a votar en la consulta de la reforma energética. No es mi intención politizar este espacio, pero creo que es importante el que tomes tu lugar en la realidad del mundo que te rodea, el que no seas sólo espectador de la vida, sino que vivas, que te comprometas con tu día a día. El mayor cambio que logres en ti, será el cambio que lograrás en el mundo. Hace poco te compartía mi definición de éxito, y te decía que para mi el éxito en el día, en la vida consiste primero en dar lo mejor de mi (siguiendo el cuarto acuerdo), y despues tratando de dejar éste mundo antes de irme a dormir, mejor de lo que lo encontré al despertar, y al morir irme tranquilo sabiendo que dejo el mundo mejor de lo que lo encontré al nacer. Y no te propongo que lo hagas en un acto por la posteridad, sino en un acto por tí mismo, en una prueba de que estuviste con vida.


Me despido por el momento, deseándote lo mejor para este fin de semana y para toda tu vida. En verdad deseo que tengas éxito en el trayecto, así como en llegar a la meta.

jueves, 24 de julio de 2008

Festejo




Ahí me espera siempre. No olvida seguir el rito de la domesticación del amigo. Ahí, con su traje de gala, con su espada en la mano, con sus cabellos dorados. Sentado sobre una media esfera de madera, que hace las veces de aquel que era su mundo. Cada tarde lo encuentro ansioso, como que presiente mi llegada. Así son los ritos, es lo que hace especial cada momento en la vida. Para mi es un placer ver a ese Principito que mi esposa me regalo hace poco en Valle de Bravo. Es una figura preciosa, hecha de lana cruda, que da la impresión de que viera al Principito a través de una tormenta en el desierto, o quizá en en el recuerdo de un sueño, que, tras una lluvia de julio, hace que los tonos se disuelvan en un borrón, y se encuentre la realidad con el impresionismo y acabe siendo el tributo a la belleza de la luz, y a la fiesta de la vida.


Hoy es 24, y no importa ni el mes ni el año, hoy es un día en que, por más de una razón, estoy festejando la vida en un lugar que combina mucho de París, de Mont Marte, de mis impresionantes impresionistas, con toques de paseos por el Sena, por un Polanco mezclándose con Tullerías. Hoy es jueves. Hoy toca.