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viernes, 1 de agosto de 2008
Reescribiendome 6

- Cariño, que bueno que volviste, la cena esta casi lista.
- Te ves hermosa
- Eres un adulador de lo peor, pero así me encantas, muñequito lindo.
Con esas últimas palabras Ricardo sintió que no podía existir mejor momento, ni mejor lugar en el universo entero que ese. Los dos se sentaron en la sala, disfrutaron de la botana preparada por Mariana, que dicho sea de paso, eran platos que le encantaban a Ricardo. Platicaron como siempre de los mismos temas (música, cine, teatro, palabras, arte), volvieron a discutir por opiniones sobre la política nacional e internacional, rieron una y mil veces. Después de un rato, Mariana fue por la cena a la cocina, acompañada en todo momento por Ricardo, cenaron, bebieron un exquisito Pinot Noir de la casa de Robert Mondavi, bailaron y se entregaron ese beso, al principio delicado, para luego tornarse en profundo y apasionado, que tanto había tardado en llegar. Del comedor pasaron a la terraza en donde compartieron el postre y el café, al tiempo en que las estrellas, esas testigos indiscretas, enmarcaban la mejor noche de sus vidas; y las mismas que los acompañaron hasta la alcoba, siendo las únicas luces que alumbraban ese reencuentro de dos cuerpos que se entregan, con pasión, en nombre del amor.
Hace una semana que no era viernes


Agregue un poco de mas a la entrada de Reescribiendome 5 por si desean leerlo y quedarnos ahí hasta el lunes.
jueves, 31 de julio de 2008
Reescribiendome 5

A fin de no recordarla, Ricardo se impuso una rutina que empezaba a las cinco de la mañana para correr en la caminadora, bañarse, tomar un brevísimo desayuno y estudiar; para terminarla pasada la media noche al salir de la oficina, llegar a casa, tomar dos vasos de whisky y cerrar los ojos, intentando consolar el sueño por un par de horas, hasta el inicio del nuevo día. Sus viajes en el interior del país y fuera de éste, se volvieron más continuos; incluso empezó a atender aquellos para los cuales, en otra época, hubiera mandado a algún asociado o pasante. Indirectamente, su intención por olvidar, empezó a ganarle el respeto de sus colaboradores y de sus clientes. Su reputación como abogado creció, por lo mismo sus libros eran cada vez, más solicitados, y sus clases mas concurridas.
Aquel viernes, Ricardo no pudo hacer más por permanecer más tiempo en la oficina. La carga de trabajo, aquella semana, no había sido tan demandante, y los pendientes que aún quedaban, no requerían en aquel momento mayor atención por parte de él. Frustrado por tener que volver tan temprano a su mundo privado, Ricardo, tras despedirse de su secretaria, bajó al estacionamiento, abordó su auto y condujo hasta casa escuchando a Charles Benson en su reproductor de discos compactos. Como todos los días, subió los siete pisos hasta encontrarse de nuevo con su departamento. Habrá sido el fresco de la noche, lo temprano de la hora, el jazz de Charles, aquella noche Ricardo, tras haber dejado de hacerlo por mucho tiempo, volvió a gastarse su vieja y masoquista broma – Cariño, ya llegué.
Ricardo no esperaba ninguna respuesta, sin embargo una voz se oyó salir de la cocina:
- Que alegría amor, y ¿cómo te fue?
Al escuchar e identificar la voz que le contestaba, Ricardo se sobresaltó de emoción y de alegría, no cabía en su sorpresa. Corrió hasta la cocina en donde vio a Mariana, desnuda, cubierta únicamente por una toalla que dejaba ver su espalda, preparando algo, que supuso por el aroma sería una exquisita cena. Será que a veces la distancia y la ausencia de alguien nos enferma a tal grado que olvidamos algunos detalles para no morir de recuerdo, o de olvido, y otras recordamos de forma exagerada, para tan siquiera poder ponernos de pie. Aquella imagen en la cocina era una Mariana distinta a la que siempre había conocido, pero exactamente igual a la que siempre amó; o bien Ricardo ya había empezado a olvidar tantos detalles de ella y ahora los veía, frente a sí, de un modo como jamás los había visto. Mariana lucía bella, fresca, alegre, tranquila, lucía genuinamente viva.

- Mariana, que sorpresa… ¿qué haces aquí?
Mariana volteó para estar de frente a Ricardo, y al tiempo que disfrutaba comiéndose una rebanada de mango, con una sonrisa entre infantil y traviesa:
- ¿Te molesta que esté aquí?
- No, para nada, al contrario, es muy grato verte, sólo que…
- Ahhh, ya entendí, te incomoda que esté desnuda
- No, tampoco, es que… no esperaba esta sorpresa
Dueña de la situación, y divirtiéndose al ver el nerviosismo de Ricardo y el cómo se sonrojaba, continuó:
- Pues, llevaba ya mucho tiempo estresada por el trabajo, y la verdad francamente aburrida y sola. Así que decidí venir a visitarte, prepararte la cena y esperar tu llegada. Sólo que no te esperaba tan temprano, así que tendrás que aguardar a que la cena esté lista y, obvio, a que me bañe y me arregle para que cenemos.
Ricardo estaba feliz al escucharla y al perderse en sus ojos, los cuales le mostraban un brillo inusual, y sin palabras le decían cuanto ella le amaba. No había ya barreras, ni silencios incómodos, ni se podía distinguir la existencia de un pasado sin ella. En aquel momento, cayeron par terre todos los sufrimientos. A fin de no interrumpir a Mariana mientras cocinaba, Ricardo optó por seleccionar la música, escoger la botella de vino para aquella ocasión, y a petición de ella, fue a comprar algunas piezas de pan con especias y finas hierbas, y algunas botellas de agua.
Reescribiendome 4


Mariana y Ricardo llegaron al departamento, riéndose de tantos recuerdos, retomando viejas conversaciones, de esas que entre una pareja se repiten los temas sin llegar a una conclusión, y sin que eso importe. Volvieron a hacerse esos comentarios, entre broma y sarcasmo, que en ocasiones aludía a alguna torpeza, pero que en la mayoría de los casos era para hacer evidente alguna virtud del otro. Mientras que Mariana acomodaba las compras en la cocina y preparaba su carpaccio de salmón, Ricardo fue a poner un poco de música que ambientara el momento. Mariana inspeccionó el departamento, para poder ver los nuevos detalles que habitaban aquel lugar; sobretodo trató de encontrar el cuadro que ella le pintara, tiempo atrás, y que intentara retratar el paraíso idílico de Ricardo, mezclando Paris, Mont Marte, el Sena, con la Ciudad de México, su paseo de la Reforma y sus calles de Polanco. Sin poder observarlo en el lugar en que solía estar, se molestó un poco al ver en su lugar un lienzo pintado todo en oleo blanco, con cierta textura, con matices accidentales en color perla, enmarcado lujosamente.
- Ricardo… ¿te deshiciste del cuadro que te regalé?
- No cariño, ¿cómo puedes pensar eso?
- Es que no lo veo, y en su lugar veo ese lienzo blanco
- Ahhh, sí, ese cuadro es una broma de Toño, es “La Nada Jurídica” y atrás está firmado por Hans Kelsen. Jeje, ¿quieres ver?
Mariana en ese momento no estaba de humor para reír acerca de bromas de sentido de humor jurídico, si es que algo puede tener de eso; muy por el contrario se sintió desplazada, triste, sintiendo que tenía que esforzarse por no hacerlo evidente, después de todo, ella había tomado la decisión del rompimiento, aún cuando en el momento hubiera intentado hacerlo parecer como un acuerdo en común, se sabía responsable, y no tenía como reclamarle nada a Ricardo. Ricardo había anticipado aquel sentimiento que embargaba a Mariana, y al verle bajar la mirada, comentó:
- El cuadro que me regalaste decidí cambiarlo a un lugar mas importante…
- ¿En verdad? ¿a dónde?
- Sígueme…

Mariana siguió a Ricardo por el pasillo, pasó a lado del pequeño Tamayo, del Coronel y del Souto, y se quedo en la puerta de la habitación de Ricardo, no se atrevió en ese momento a acompañarle al interior, y desde el marco de la puerta pudo observar que su cuadro se mostraba enfrente de la cama de Ricardo, encima del televisor.
- ¿Lo ves? Ahí está el cuadro. Me gusta verlo todos los días al despertar, mi paraíso. Créeme muchas veces a sido la razón para ponerme de pie.

Aquella escena, junto con esas últimas palabras rompieron las barreras y Mariana no puedo evitar derramar un par de lágrimas y entrar a la habitación para derrumbarse en los brazos de Ricardo, quien la abrazó, la consoló, y la llevo de vuelta a la sala para continuar con aquel encuentro. Ricardo tenía valores muy firmes, sobre todo respecto al amor y al respeto a una mujer y no pensaba aprovecharse de la situación, por más que lo deseara.
La charla seguía, el Pinot Noir sirvió para traer muchos recuerdos. Platicaron de cine, de teatro, de pintura y escultura; recordaron a los impresionistas y a Rodín. Las risas se mezclaban a ritmo con la música, incluso cantaron juntos al escuchar a Barry Manillow y a Rod Stewart, y el beso estuvo a punto de llegar, más la racionalidad excesiva de Mariana la hizo de pronto darse cuenta de su propia naturaleza, no quería volver a sufrir por Ricardo, ni volverlo a herir de aquella manera. Así que se resistió, cambio el destino del beso y lo dio en la mejilla. Ricardo comprendió que, quizá, había sido demasiado recuerdo por una noche. Respondió al beso en la mejilla, y tras enjugar las lágrimas de Mariana, la despidió. Al tiempo en que Mariana se despedía de Ricardo, su mente y su corazón batallaban frenéticamente. Entre el “Te Amo” y el “No puedo” Mariana se marchó para llorar todo el camino a su casa, toda aquella noche y por varias noches más.

